Las sandalias del pintor

David Martín del Campo

En el aire“Me iban a matar”, esa fue la razón. Era el siguiente en la lista de la postergada vendetta. Ya había emboscado a un primo suyo, un tío, odios y venganzas de los istmeños, que son gente de temer. Por eso decidieron enviarlo a Minatitlán, con unas tías, donde completó la secundaria. Lejos de su natal Juchitán; no fuera a ser.

Tímido, como si las palabras no le pertenecieran, así iba Francisco Toledo por la vida. Despreocupado, esquivando el peine, negándose a dar entrevistas, y si se dejaba fotografiar, aparecía acuclillado sobre la tierra como si acabara de romper una ventana.

Este zapoteco de cepa es quien afirma que ya se siente fatigado. “A ver a quién le dejo mis huaraches”, confesó a la reportera Lourdes Zambrano ahora que ha cumplido 74. A ver quién se hace cargo de los talleres y los centros culturales que ha fundado a lo largo de su Oaxaca natal. A ver quién.

Toledo es uno de los últimos huarachudos. Se presenta en camisa de manta, con la mirada en el cielo, como los campesinos de Ixtepec esperando la lluvia. Algunos recuerdan la anécdota de 1984, cuando se presentó en las oficinas del INBA para saludar a su director. Nomás mirarlo, la secretaria le dijo que no, el director no estaba. “Es que venía a tomarme un cafecito, gracias”. Minutos después, al asomar Javier Barros de su despacho, pregunta qué ocurre. “Vino un indio fachoso, señor, dizque a saludarlo; que se llama Francisco Toledo…” El funcionario salta, baja volando las escaleras, alcanza a Toledo en mitad de la Alameda. “Disculpe usted, maestro. Ha sido una confusión”.

Los huaraches de Toledo marcan su desapego por las cosas terrenales. Las corbatas, los trajes Armani, el Audi del año. Él solo se dedica a pintar los cuentos que escuchó de sus abuelos, como las leyendas zapotecas de la liebre y el coyote que no abandona su imaginario. La tortuga, el sapo, la iguana. ¿Hay más? En sus grabados aparecen esos personajes, una y otra vez, pero con insolencia viril. No es que dé paso sin huarache, como se dice, sino que los lleva muy bien puestos, aunque ahora confiesa que los quiere aventar.

Llevar o no llevar huaraches, ese pareciera el dilema. Renato Leduc, recordando sus correrías juveniles, contaba que en aquellos “salones de baile” donde terminaban las parrandas, un letrero advertía: “Favor de no tirar las colillas encendidas; las señoritas se pueden quemar los pies”. Y es que un par de chanclas –en aquellos tiempos– podía significarlo todo.

Pero no denostemos a tan terrenal calzado. Los soldados de Roma conquistaron medio mundo pisando sus “cáligas”, y al emperador Calígula le venía el mote de ellas; es decir, era “el huarachitos”. San Francisco de Asís no conoció más que sandalias y Antonio Aguilar lo advirtió con el corazón rasgado… amigos les contaré, una acción particular. Habría que preguntárselo hoy al grabador juchiteco, ¿qué, vas a tirar así nomás la chancla?
No es ningún secreto que tres de los más señalados artistas del siglo XX mexicano son oriundos de Oaxaca. Rufino Tamayo (1889-1991), Rodolfo Morales (1925-2001) y Francisco Toledo, cada cual con sus obsesiones, sus colores personales, sus improntas infantiles. Tamayo creció en el mercado de La Merced, entre sandías y constelaciones; Morales no salía de la iglesia de Ocotlán mirando las santas extáticas que luego volarían en sus lienzos; y las fábulas de Toledo, pobladas de liebres y sapos cachondos que han dado la vuelta al mundo con su erecta vehemencia.

El asunto de rescatar le viene más allá de sus tías de Minatitlán. Como en París, a los 19 años, pintando en el zaguán del edificio porque los lienzos no cabían en su buhardilla y la conserje protestaba “¡muchacho, mugre y más mugre!”. El escándalo llegó a oídos del cónsul mexicano, que acudió a ver qué pasaba. Nomás mirar sus cuadros quedó deslumbrado. Lo rescató y dispuso para él un modesto estudio con lienzos y colores. El funcionario, por cierto, se llamaba Octavio Paz.

Política Cero
Jairo Calixto Albarrán
Todo es culpa de “La Tucita”

Un gran gesto el del licenciado Peña Nieto de no acudir a San Lázaro personalmente a ofrecer el segundo Informe de gobierno, sobre todo para que, tomando en cuenta la estruendosa recepción que tendría por parte de los suyos y de una oposición a la que su doctor siquiatra no le quiere regresar ni la depresión ni la rebeldía, los resentidos sociales no fueran a decir que los tienen todos amaestrados. Digo, está bien que el Pacto por México sigue y la patria vive, pero tampoco hay que caer en la tentación de la arrogancia.

Algo, sin duda, difícil de conseguir tomando en cuenta la cantidad de elogios, panegíricos y besamanos que el Preciso de por sí ya ha recibido de los gobernadores que frente a él se comportan cual fanáticas de Justin Bieber. Digo, no está mal, pero un poco de contención, señores. No es cosa de ponerse como Napito Gómez Urrutia, que ya se siente la Bikina nada más por haber humillado una vez más a la justicia mexicana que está más calderónica que nunca. O como Catémoc Gutiérrez, que para celebrar su exoneración mandó a sus Topo Gigios a linchar a quienes se manifestaron en su contra en el IEDF. Y era lógico, la santidad no se cuestiona.

Reitero, qué bueno que EPN no fue al Congreso, porque aquello hubiera sido de uniforme unanimidad cual concierto de Luis Miguel en el Auditorio: podrá cantar las mismas canciones pero el público se le sigue rindiendo.

Lo mejor del Informe y sus protocolos es que ya se comenzó a propagar el triunfalismo lopezportillista que tiene el nivel de contagio de ébola (ahí tenemos al inenarrable Gamboa Patrón afirmando que con las reformas ya la hicimos gacha, gracias a que el Presidente trabajó para dignificar México), esto nos hace albergar la esperanza de que en un futuro volveremos a esas grandes superproducciones faraónicas donde el Preciso se troca en Tlatoani cuajado de preponderancias.

A pesar de lo que digan las encuestas que no saben valorar, el Ejecutivo va en caballo de hacienda. Tan así que utilizó la iniciativa preferente para empujar la Ley General para la Protección de Niñas, Niños y Adolescentes. Y aunque no lo dice específicamente seguro ahora sí atenderá a los padres de la Guardería ABC, irá sobre Molinar Horcasitas, Bours y le reclamará a Jelipillo su meliflua acción en el caso.

Por fortuna, acá lo que rifa es la lógica de La Tucita, que en paz descanse: “Si ya saben cómo soy, para qué me dejan sola”.