Cancel Preloader

Corrupción

 Corrupción

Jorge G. Castañeda
Se les acaba el tiempoMuchos han escrito que el país se organizó —espontáneamente, valga el contrasentido— a favor de la democracia electoral o representativa, y la alternancia, en los años noventa. Después de la realidad y la percepción de los fraudes electorales de Nuevo León en 1986, de Chihuahua en 1987, y sobre todo a escala nacional en 1988, el clamor por la limpieza en los comicios mexicanos, y por su corolario en el resultado de las elecciones, desplazó a cualquier otra exigencia, y se transformó en una especie de deseo mágico: con democracia y alternancia todo se resolvería.
Que algunas de las voces menores de aquella época aleguemos ahora —como sostuvimos entonces— que jamás argumentamos que se traba de una panacea, sino únicamente de una condición necesaria —no suficiente— para el cambio en México, no obsta para que el clamor mencionado se volviera ensordecedor y simplista: con democracia y alternancia todo se arregla; sin ellas, nada es posible. Algunos fuimos más cínicos, o realistas. Supimos que solo con una elevación semejante de las expectativas sería posible sacar al PRI de Los Pinos. Tuvimos razón, y a la vez exageramos.
Hoy, colegas como Aguilar Camín y otros, intuyen lo mismo a propósito de la corrupción. Surge en el país un clamor contra el descaro, el conflicto de intereses, el robo y el exceso, que no habíamos atestiguado antes. No la realidad de la corrupción: más bien el sentimiento social al respecto. No hubo más fraude electoral en 1988 que en 1940, en 1952 o en 1976 (un solo candidato a la Presidencia), y no hay necesariamente más abuso pecuniario hoy que en los años dorados del PRI: los cuarenta, los setenta o los noventa. Pero la percepción es otra.
Varias encuestas recientes lo corroboran, y todas las tertulias navideñas también. De alguna manera para nuestra desgracia, Ayotzinapa y Tlatlaya despiertan menor indignación entre la clase media —mayoritaria en el país— la casa blanca o Malinalco, o que la insensibilidad del gobierno ante la idea misma del conflicto de interés. Parecería que no saben qué significa.
Si esto es cierto —y tal vez el equipo del presidente Peña Nieto tenga razón y ya pasará— el país enfrenta un serio problema. Existen varios antídotos ante esa sensación de corrupción generalizada, pero todos implican transparencia y rendición de cuentas. Varios hemos sugerido que el Presidente proceda a un recambio ministerial; otros han insistido en la necesidad de que candidatos en 2015 y miembros del gabinete hagan públicas declaraciones patrimoniales y de impuestos. Tienen —tenemos— toda la razón. Pero además de romper con la inercia priista de no hacer nada bajo presión, y la inercia mexiquense de que todo va bien ¿se le puede pedir a Peña Nieto que todos sus colaboradores se desnuden fiscal y patrimonialmente ante la sociedad? Y de hacerlo, ¿podría llamar a suceder a equipo agotado —y nunca muy destacado que digamos— a otros colaboradores experimentados, brillantes o prestigiados y sin embargo impresentables, ya sea por su riqueza legítima pero inconfesable, ya sea injustificable? Prefiero la mediocridad honesta que la excepcionalidad imposible de justificar, pero preferiría una combinación de ambas.

Nada personal, solo negocios
Walmart termina su dieta vendiendo su último negocio no estratégico
Bárbara Anderson
Cuando Enrique Ostalé asuma como nuevo líder de Walmart, encontrará un negocio prácticamente dedicado a la venta detallista. Ya sin Vip’s, ya sin Banco Walmart. Esa fue la misión de Scot Rank al fin de su tiempo en la mayor firma de retail del país, dice un ejecutivo de la empresa. “Fue la misma lógica que aplicamos al vender Vip’s”.
Y es que no es un secreto que Banco Walmart ya le pesaba a la empresa. Entre 2011 y octubre de 2014, el banco acumuló pérdidas. Según la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, el acumulado en esos años es de más de mil millones de pesos.
Además, a Walmart le urgía concentrarse en su negocio estratégico al tiempo en que sus clientes, que ya habían madurado como usuarios de banca, pedían más servicios, como créditos hipotecarios o automovilísticos. Y como la misión de Banco Walmart era vender la tienda en sí, no se les podía atender. “Nosotros no vendemos coches ni casas”, dice la fuente. “No somos un negocio que tenga como base el manejo de riesgo de crédito y tiene más sentido en este momento aliarnos con una entidad financiera que, además de adquirir el banco, amplíe la gama de productos y servicios financieros a nuestros clientes”.
Para la venta, que se calcula en 3 mil 600 millones de pesos, Walmart se vio con una buena cantidad de postores muy interesados en tener presencia dentro de sus tiendas. Para la detallista, Inbursa fue un buen “match” a pesar de que su línea de negocio no es masiva.
¿Qué sigue? Inbursa ahora operará las 199 sucursales de Banco Walmart que se encuentran en nueve entidades del país. Asimismo, el banco de Carlos Slim aumentará su cartera por los 1.5 millones de cuentas que opera Walmart.
El reto y potencial, en este caso para Inbursa, es enorme. El banco no está tan enfocado al mercado masivo, así que algo tendrá que hacer para llamar la atención de los 4 millones de personas que cada día se pasean por alguna de las sucursales de Walmart en el país. La idea es que Walmart siga incubando bancos en sus pisos, cobrando renta (como era en el caso de sus propias unidades financieras) y ampliando el número de sucursales, ahora de Inbursa.
“Los vamos a tener de inquilinos”, dice la fuente.
barbara.anderson@milenio.com
Twitter: @ba_anderson

root

Notas Relacionadas