Inocencia violentada

Los matrimonios infantiles, tan antiguos como la historia misma, continuan vigentes y a la vista de todos, a pesar de la lucha por gobiernos de diferentes partes del mundo por erradircarlos.

Javier Hernández López: Palenque

Tenía 11 años cuando escuché que me llegaron a apartar. Vi cómo tomaban trago para celebrar el acuerdo. En la fecha de cerrar el trato, había listos unos puercos y unas despensas… huí. Tenía mucho miedo. Y luego, mucha culpa de que lo que me pasara era por haber huido de mi comunidad, dice durante una entrevista Odilia López Álvaro, mujer de la etnia chol y defensora en el Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas

La de ella es una historia parecida a muchas otras que se repiten en Chiapas desde hace siglos, tal vez desde siempre, pues en este estado los varones pueden conseguir una “esposa” de hasta 11 años, niñas que -en términos llanos les proveerán de servicios sexuales y domésticos.

Una realidad que difícilmente va a cambiar con la reciente modificación a las leyes que propuso el Senado de la República a 25 congresos locales, entre ellos al de Chiapas, que eleva la edad mínima para contraer matrimonio a 18 años, con el fin de garantizar el respeto a los derechos de niñas y adolescentes. La propuesta fue retomada y

aprobada por el Congreso chiapaneco que reformó el Código Civil de Chiapas, haciendo requisito indispensable que los contrayentes sean mayores de edad.
            “La venta de mujeres, menores de edad se sigue dando en Chiapas, específicamente en la zona Altos del estado donde hasta las cambian por bienes materiales”, expresó en su momento la entonces diputada chiapaneca, María Eugenia Pérez Fernández, quien fue integrante de la Comisión de Atención a la Mujer y la Niñez del órgano legislativo local.
            La unión con niñas y adolescentes no es privativo de México, se trata de un problema mundial, sin cifras específicas debido a que, como sucede también en México, estos matrimonios se sustentan en los usos y costumbres de las comunidades, es decir, no están legitimados ante alguna autoridad y no hay un registro de su ocurrencia.
            “En algunos hogares las niñas son vistas como una carga, una boca más que alimentar, vestir, calzar, en otros casos, son vistas como un bien, como poseer una vaca, y sabes que cuando tenga ciertas características podrás sacarle provecho a través del pago que vas a recibir del novio”, reconoció en entrevista, hace un par de años, la activista feminista Karen Dianne Padilla.

Otro testimonio 

Por parte de la familia empieza a hacer trato, sin preguntar a la mujer si se quiere casar

con el hombre o no. Para asegurar que la víctima no se escape de la casa, la encierran. Después de eso empiezan a pedir de 40 0 50 mil pesos, y escogen el buey más gordo para que alcance para todos los integrantes de la familia ahí reunida.

Aparte son las bebidas, que tienen que ser 100 cartones de cervezas, 80 de refrescos, 25 litros de aguardiente y 54 klos de maíz para hacer tortillas. 

La fiesta dura 4 días; empieza el día viernes en la noche, termina el día martes en la noche. El lunes en la noche le hacen jurar a la mujer que tiene que obedecer y hacer lo que el hombre que la va a mantener le diga, este por igual jura, pero no cumplen la parte que les toca, las que está obligadas a cumplir es la mujer para que sea llevada a la casa de suegro.

Una vez que terminan las fiestas después de llevarla a su casa la primera noche, él la toma a la fuerza, aunque ella no quiera el hombre desde esa noche siente que tiene todo el derecho sobre ella, porque ya fue comprada.

 Después de un mes o menos empieza el celo por parte del hombre hacia ella. Que la mujer ya anduvo con quién sabe con cuantos hombres, que ya no es virgen, que no es la que él quería, que después de probarla ya no le sirve, en su cara de la mujer le dice que él puede andar con una y con otra mujer la que él quiera porque ella ya no le sirve, que es una inútil, las amenazan, las golpea, las maltrata, les grita, la pisotea, la ven como un animal, la toma cuando quiera, no la deja salir a la calle, porque la puede ver su familia y le puede reclamar o si sale de vez en cuando la tiene que acompañar él para que la vigile de que no hable con nadie, el problema entre la pareja empieza desde el casamiento y hasta que empieza a tener hijos, hijas, la mujer tiene que seguir así porque siente que su

vida está en manos de él y que tiene que arriesgar por sus hijos, por ello es que no puede separarse de sus esposos…

La región con más indicadores de pobreza es conocida como “los Altos de Chiapas”, conformada por 17 municipios: Aldama, Amatenango del Valle, Chalchihuitán, San Juan Chamula, Chanal, Chenalhó, Huixtán, San Andres Larrainzar, Mitontic, Oxchuc, Pantelhó, San Cristóbal de las Casas, San Juan Cancuc, Santiago El Pinar, Tenejapa, Teopisca y Zinancantán, todos con un alto índice de población indígena.

Datos del Inegi del 2015 señalaban que en Chiapas habia un millón de niñas y adolescentes, de ellas, una de cada tres eran indígenas.

Como una forma de violencia contra las mujeres, siguiendo la definición aportada por Naciones Unidas, los matrimonios forzados forman parte de las denominadas ‘prácticas tradicionales nocivas’. Estas se producen y reproducen mediante estrategias complejas del patriarcado que, ya sea por coerción o consentimiento, obligan a las mujeres a perpetuar, al amparo de preservar la identidad colectiva, muchas tradiciones culturales discriminatorias.

A pesar de la diversidad de los más de 400 pueblos indígenas que habitan en México, existe una realidad que comparte la gran mayoría de las indígenas mexicanas: los matrimonios forzados. Las mujeres son privadas de un derecho tan elemental como es el poder elegir libremente su proyecto de vida a través de algunas tradiciones, usos y costumbres, se enfrentan a una suerte de destino que, sin importar su consentimiento, parece infalible, el ser esposas y madres.

Los matrimonios forzados en las comunidades indígenas son, además, resultado del entrecruce de los sistemas capitalista, colonialista y patriarcal que excluye, empobrece y margina a las mujeres indígenas, enfrentándolas a vivir, por lo menos, tres formas de discriminación: por ser indígenas, por ser –en su gran mayoría- pobres y por ser mujeres; lo cual resulta paradójico en un México en el que, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, las mujeres son el 51.4% de la población total, en el que el 46.6% de la población nacional se encuentra en situación de pobreza y que ocupa el tercer lugar de los países con mayor diversidad de pueblos indígenas.