Protesta sin violencia

El descontento y las divergencias deben exponerse dentro de los parámetros que contempla el estado de derecho.
P-07Luis Raúl González Pérez
El derecho a la protesta es una de las principales conquistas de la humanidad. En México este derecho está contemplado en nuestra Constitución. Costó la sangre y la vida de muchos mexicanos que todas las libertades que conforman la esencia de la dignidad humana estén consagradas en nuestras leyes. Pero el derecho a la protesta no es un derecho absoluto. El descontento y las divergencias legítimas deben exponerse siempre dentro de los parámetros que contempla el estado de derecho.
Si la protesta se aparta del respeto de las normas y colisiona con otras libertades, su ejercicio se transforma en un acto ilícito y sus autores quedan sujetos a ser sancionados con el rigor previsto en la ley. La violencia perpetrada por pequeños grupos ha dado lugar a una justificada indignación de sectores importantes de la población que se ven afectados en sus derechos de tránsito, en sus bienes materiales e, incluso —eventualmente—, en su integridad física. La intolerancia y el ejercicio de la violencia no pueden gozar de legitimidad.
La impunidad es el principal enemigo de la genuina gobernabilidad democrática porque termina por generar tensiones que ponen en riesgo los espacios de libertad. Quienes bajo el manto de la protesta legítima ejercen violencia, agreden a otras personas y provocan innumerables destrozos, actúan en contra del régimen democrático. La protesta pacífica y justificada, dignifica; la violencia, en cualquier contexto, nos degrada.
El Estado debe cumplir con una de sus misiones primordiales, que es la de castigar a quienes infringen la ley. Esto debe hacerlo con estricto apego a las normas y observando un escrupuloso respeto a los derechos humanos. La vigencia y aplicación de la ley no pueden ser objeto de negociación. Hoy estamos obligados a entender a fondo las razones de la actual indignación colectiva, pero también tenemos el reto de conciliar esta expresión con las demandas de muchos mexicanos para poner fin a la injustificable acción de grupos minoritarios generadores de violencia.
Al respecto, cabe mencionar que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en ningún momento ha impedido que se aplique la ley; por el contrario, impulsa que toda actuación de las personas, aún en sus expresiones de reclamo, se apegue al marco de derecho. La ley debe ser cumplida por todos.
Este organismo nacional respeta la protesta social legítima, pacífica y sin armas, como manifestación de la libertad de expresión, pero reprueba las conductas violentas y fuera del marco legal.
De ahí que quienes ejerzan la violencia y actúen fuera de la ley deben ser detenidos, puestos a disposición de la autoridad y sometidos al proceso correspondiente, respetando sus garantías.
Debe quedar muy claro que quien incurra en una conducta ilícita tiene que pagar las consecuencias, así como que la actuación arbitraria de cualquier servidor público, especialmente de las fuerzas del orden, también debe ser castigada. Su responsabilidad es conducirse dentro del marco de la ley y de acuerdo con los debidos protocolos de actuación.
En todos los operativos policiales se ha de proteger, ante todo, la integridad, la vida y la seguridad de la población civil, para evitar que ciudadanos ajenos a las manifestaciones sufran las consecuencias de expresiones de violencia.
Hay que ser firmes en la defensa de la libertad de expresión y de la protesta pacífica, pero al mismo tiempo hay que ser firmes también en denunciar los actos de vandalismo y violencia. Si bien el Estado se encuentra obligado a respetar el derecho a la protesta social pacífica, también se encuentra legitimado para sancionar los delitos que se perpetran al amparo de ésta.

¨el diablo es muy
persistente¨
Jairo Calixto Albarrán
Es lo que afirma uno de los más célebres curas exorcistas del mundo con licencia del Vaticano para despejar los cuerpos de los poseídos, Jesús Hernández Sahagún, cuya innegable experiencia en la materia lo convierte en una autoridad en materia demonológica, sobre todo ahora que a través de El Mundo compartiera que a una pobre niña sometida a los rigores de Pazuzu, esta versión española del padre Karras reconoció que tuvo que aplicarle un triple exorcismo para liberarla del yugo satánico.
Y no es que no se supiera que el diablo es muy persistente (una rápida ojeada al periódico lo confirma de manera cotidiana a través de historias que deben alarmar al mismísimo Belcebú), pero siempre es bueno que alguien debidamente acreditado en menesteres del averno, nos lo recuerde por aquello del Alzheimer selectivo.
Sobre todo cuando queda claro de que la sociedad mexicana no se puede confiar como el Monterrey ante el América que, con todo y que en el marcador global iba perdiendo por tres goles, en el partido de vuelta se dedicó a defender el cero cero. A pesar del llamado patriótico a superar las tragedias nacionales tanto como los episodios naconales, es importante estar atentos ante cualquier arrebato demoniaco que pretenda, por ejemplo, el cumplimiento cabal de las reformas estructurales, el establecimiento de una licitación chida para que vuelvan a ganar los chinos, la debida conversión de Tierra Caliente en una sucursal de Disneylandia y el triunfal encaminamiento de México rumbo al primer mundo. Claro, siempre y cuando se mantengan los sacrosantos principios del libre mercado y la globalización, y no se caiga nunca en el vicio infernal del comunico primitivo. Más ahora que Thomas Pinketty, autor del libro de moda, El Capital en el siglo XXI, llama al gobierno mexicano a abogar por una mejor repartición de la riqueza aplicándole más impuestos a la riqueza. Digo, si todavía están penando por la reforma fiscal, imagínense cómo se pondría la plutocracia si les dan otro pellizco a sus dividendos, no se vale.
Incluso el neomarxista vino a hablar a la FIL de Guadalajara sobre la necesidad de reforzar la transparencia. Por andar en la lucha de clases para chuchos remisos, parece que Pinketty no vio el speech de Eugenio Derbez en el Teletón donde por algún extraña y maligna razón relacionada con alguna posesión satánica, muchos trollearon a la primera dama como si fuera Martita Sahagún.
El demonio es persistente pero además le gusta su trabajo.